Phill Miglione

Description:

Nombre: Phill Miglione

Edad: 19

Anterior Profesión: Auxiliar forense (Morgue)

A qué desea dedicarse: Medicina

Phill Miglione es un joven bastante activo, que parece que reacciona por impulsos eléctricos. De cabello azabache, tez fría y pálida, y sonrisa malévola, siempre está pensando en cosas macabras debido a su profesión desde los trece años: ayudante en una morgue. En tal lugar, junto con los libros que ha ido rapiñando por las calles y los leídos en la biblioteca, posee un alto grado de conocimiento de las artes médicas. Así, conoce los síntomas de una enfermedad, las causas por las que se contrae, sus efectos y cómo curarla. También sabe realizar operaciones quirúrgicas, debido a sus largos días observando cómo abrían en dos a los “clientes” de su maestro, Franky “Pielmuerta” Deep. A este hombre le gusta tratar a sus “anestesiados clientes” como si aún siguieran vivos, incluso les habla y relata su vida, costumbre que ha heredado Phill. Además de todas sus virtudes y algunas no tan virtudes, posee una capacidad especial: puede ver el aura de las personas, lo que sienten, los sentimientos que irradian.

Los soldados siempre sospechan de estos dos personajes, pues siempre ha estado mal visto un encargado de la morgue, debido a la sucia e impura seducción que les produce la anatomía humana. Acostumbrados están ya a que cuando los ven por la calle les llamen cosas como “necrofílico” o “zumbamuertos”. A Phill, sinceramente, no le importa. Bien es cierto que ya ha copulado con varios cadáveres y no le importa admitirlo, siempre que la guardia no esté delante. Recuerda cada uno de los muertos que pasaban por la morgue, sobre todo las jovencitas que eran asesinadas, esas eran sus favoritas, además se dejaban hacer de todo. Pero siempre con dignidad, cadáveres de más de un día no, solo carne fresca. Aunque en los últimos dos años ha sentido la necesidad moral de reprimirse, pues quizás que no esté bien visto en la sociedad tiene una sabia y fundamentada razón.

Bio:

Un día, Phill caminaba por la calle mientras realizaba sus quehaceres, de los cuales gran parte era comprar bálsamos en la botica. Solía caminar distraído, pensando en cómo sería el mundo fuera del pueblucho de Viscetti. Ya se había acostumbrado a lo largo de los años a que la gente brillase en distintos colorines, cosa que en su infancia había sido un problema, porque siempre lo había abstraído.

Como iba contando. Phill caminaba por la calle, cuando de repente en su camino se cruzó un joven, con una gorra cuya visera ocultaba su rostro y a otro joven detrás, vestido con una capa con capucha. Los dos encapuchados parecían tener sus razones para correr, pues mientras uno gritaba “¡Detente”, el otro apuraba más su movimiento, hasta cruzar un callejón lateral, donde Phill perdió a ambos. Cosa que era normal que pasara en una ciudad como esa, no lo fue tanto para nuestro protagonista. Phill había visto sus auras y la del joven perseguidor era de un color dorado. Nunca había visto un aura de ese color, tan brillante y resplandeciente. Toda persona tenía sus días, y normalmente si a alguien le hacían enojar, se volvía de color rojo, sin embargo esa seguía siendo dorada incluso en esa situación.

Cuanto menos, curioso, Phill cargado con una barra de pan, unas jeringuillas, unos ungüentos y algunos que otros trapos, se dirigió al callejón para ver si podía encontrarlos de nuevo.

Cuando llegó solo pudo observar cono una pequeña esquina del tejido de la capa desaparecía dentro de una casa, vieja, dañada por el tiempo y cuyas maderas parecían ya desvencijadas. Sin más dilación, se apresuró a entrar.

La escena que encontró fue la siguiente: Un montón de niños, no mayores de 12 años, estaban ocultos detrás de un montón de muebles viejos y destrozados; frente a ellos el mismo joven ladrón, que jadeaba y en su cara se dibujaba una mueca de terror y, finalmente, al encapuchado, del que se podía escuchar su jadeo, mirando la escena, mientras se sujetaba el brazo izquierdo.

Haz lo que quieras, te devuelvo el dinero, pero por favor, no les hagas nada – se oyó decir al joven de la gorra. Mientras, el encapuchado se apoyaba contra una de las paredes y se dejó caer en el suelo, y ahí fue donde Phill descubrió que tenía una herida sangrante en la parte superior del codo. – Maldita sea, ¿así que es por esto por lo que robas? Por tu familia – escuchó Phill, del interior de la habitación. – Sí, no puedo hacer otra cosa, los hombres del Imperio vienen cada vez con más frecuencia y nos hacen pagar los impuestos, y ya no nos queda nada. Nunca he querido cuestionar al Gran Abel, pero esto es demasiado – gritaba el chico, que se había quitado la gorra y la apretaba fuertemente entre sus manos, – Tranquilo chico, sé lo que es eso, lo he visto con mis propios ojos. No te preocupes, puedes quedarte el dinero – dijo con cierto tono de compasión el encapuchado – pero tienes que prometer que dejarás de llevar esta vida, hay cosas mejores que esta. Estudia, trabaja, haz algo, pero no te pares. Ten fe y todo saldrá bien. Además, por mucho que me duela la herida en el brazo, Génesis nunca haría daño a una familia indefensa y que no se lo merec e-, tras estas palabras, se alzó sobre sus piernas, abrió la puerta y se topó con Phill. Justo cuando pasó por su lado, Phill notó como esa aura dorada se expandía por toda la habitación e inundaba los ojos de los presentes.

Algo había cambiado, algo cambió en todos los que allí se encontraban. Si antes el aura de todos los niños era blanca y temblorosa debido al miedo, ahora poseían ciertas fluctuaciones de un tono dorado, débil, pero el mismo color dorado que solo había visto esa vez, y lo único en lo que podía pensar era en una cosa: Génesis.

Cuando el encapuchado salió por la puerta de la casa, Phill le siguió, le agarró del brazo derecho, y el joven se giró con sorpresa. – Te curaré – dijo Phill, con timidez. Solo pudo reconocer en su rostro una cicatriz en forma de “X” que lo cruzaba. – Está bien, gracias – dijo el desconocido. Phill sacó parte de los trapos que tenía encima, algunos ungüentos de los que llevaba y algunas agujas que siempre llevaba consigo y cerró la herida. El desconocido demostró quedar impresionado por las dotes del joven Phill.

Antes dijiste Génesis, ¿verdad? – preguntó Phill. – ¿Yo dije eso? Bueno, quién sabe. Oye, sabes de medicina, ¿verdad? ¿Te gustaría viajar con nosotros? – respondió el encapuchado, intentando desviar el tema de la conversación.-Ah, perdón, se me ha olvidado presentarme, soy Thomas, Thomas Graves, ¿cuál es tu nombre? – preguntó de nuevo el desconocido, ahora Thomas. – Phill Miglione es mi nombre, y sobre tu pregunta de viajar con vosotros, ¿a dónde? -, de preguntas salían más preguntas. Así Thomas le explicó que se trataba de un gremio que acababan de formar, y pensaban aliarse con Daath. Necesitarían médicos, y se le hizo la oferta.

Phill siempre había querido salir de esa apestosa ciudad, descubrir mundo, y tratar a vivos, los muertos ya le cansaban, así que no perdía nada. Tomó sus pertenencias y las metió en la maleta, algunos útiles de medicina y libros la abordaban; se despidió del que hasta ahora había sido como un padre para él, Franky, y se dirigió a las afueras de la ciudad, donde le recogerían según los datos de Thomas.

En cosa de diez minutos, un imponente barco volador se situó sobre el lugar. Era la primera vez que Phill veía uno tan cerca. El barco aterrizó, tendió una pasarela y Thomas en su cubierta hizo el ademán de que subiera. Tras los primero pasos de Phill en cubierta, el barco volador alzó el vuelo y se marchó del lugar, visto y no visto.

Una vez dentro de una gran sala, acompañados de mucha gente, Thomas se situó sobre una de las mesas llena de personas, que abarrotaban el lugar. – Me gustaría presentaros a un nuevo miembro de nuestra gran familia, alguien que está dispuesto a dar lo mejor de si mismo para que cuando caigamos en batalla, podamos ponernos en pie tras unas horas, ese es Phill Miglione -, gritó Thomas por toda la sala, mientras la gente gritaba, chocaban sus jarras de bebida y silbaba. Thomas invitó a subir a Phill y le dirigió unas breves palabras, mientras se quitaba la capucha: Phill, esta será tu familia, serán como tus hermanos, sus formas no son las mejores, pero aquí todos somos iguales. Siento haberte engañado. Mi nombre no es Thomas Graves. – Tras lo cual, Phill se desconcertó, se sintió engañado, pero había algo que hacía que no se preocupase, y era un símbolo de una corona alada en una pared – Mi nombre es Cross Rossengard, y te doy la bienvenida al gremio de Génesis.

Fin

Phill Miglione

Final Fantasy: El Imperio prohibido de Daath Rossengard